Alfredo Zalce
 
Estampas de Yucatán
 
Alfredo Zalce, Jardínes de Hecelchacán, 1936-37



Alfredo Zalce (Michoacán, 1908) perteneció, junto con David Alfaro Siqueiros, Octavio Paz, Diego Rivera, Frida Kahlo y muchos artistas más, a la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) que, aunque fundada en 1933, sus años más relevantes se dieron entre 1935 y 1938.

Leopoldo Méndez funda, en 1937, con varios artistas, entre los cuales se encuentran Zalce y Raúl Anguiano,

El Taller de Gráfica Popular. El Taller... da a conocer litografías como: "La España de Franco", "En Nombre de Cristo" y "Estampas de Yucatán". Estas últimas, de Alfredo Zalce, fueron inspiradas gracias a un viaje que el pintor hace a aquel estado del sur del país.

El prólogo, que ahora presentamos a los lectores de Arena, lo escribió el pintor francés Jean Charlot cuando éste estuvo por una larga temporada en México y es, además, importante, por dos razones principales: este texto está casi en el olvido por la edición, que contiene ocho litografías hechas a mano, que cuenta con un reducido tiraje de 100 ejemplares y porque no fue incluido en el libro que recoge los textos de Charlot sobre los pintores mexicanos (The mexican mural renaissance. 1920-1925. Yale University Press. 1963), dado que son textos de un lapso establecido anteriores a la edición de las litografías.

Para la historiadora del arte Raquel Tibol, Alfredo Zalce es el artista en activo más longevo de nuestros días. Lamentablemente se equivoca. Zalce, ahora con 94 años de edad, ya no pinta desde hace mucho, escasamente hace pequeños dibujos que le piden sus amigos. Su salud está muy deteriorada y ha perdido la memoria, además de los problemas familiares a los que se enfrenta; quizá por eso haya sido un gran acierto convencerlo, a la cuarta oportunidad, de recibir el Premio Nacional de Artes el año pasado.

Aunque detesta la fama y nunca le ha importado, Zalce dejará en México el testimonio que ha plasmado en miles de cuadros, grabados, esculturas, litografías, serigrafías, dibujos... este año será decisivo, quizás el último, deseamos que no.

Sergio Téllez-Pon


POR JEAN CHARLOT

En vano pretenden etnólogos abrirse paso entre las complejidades de la cultura maya por métodos lógicos, midiendo ángulos faciales, comprobando metabolismos, acumulando estadísticas. Pero adonde fracasa el cientista, el artista logra el gol, sin saber cómo y casi sin anhelarlo, sustituyendo la intuición estética en vez del conocimiento razonable, llevado del puro gusto de manejar la magia negra y blanca del medio litográfico.

En estos soberbios dibujos, Alfredo Zalce prueba la unidad entre un rústico presente y el imperial pasado de Yucatán, abriéndonos panoramas extensos adonde el esfuerzo subterráneo del cientista-topo no sucedió en abrirse paso hacia la luz.

El viajero que mira con sospecha al indio de la mesa central, encobijado en su sarape como monolito, y como tal inmovible, tachará también de flojo al indio maya, cuyo elegante cuerpo baila hasta en su trabajo una danza lenta, reflejando el ritmo de las hamacas, cuando danzan su siesta, al mecer del pie sólo despierto, cuerpos ahilados de calor.

Olvida el viajero que en otro milenio, esta misma raza enraizó en la selva yucateca plataformas de piedra sobre las cuales las pirámides alzan hasta alturas de rascacielos templos labrados y pintados a semejanza de una cultura muerta. Tal arte ilustra un concepto plástico ideal, tan poco apegado al realismo fotográfico como lo fue en otro continente, y casi en otro planeta, el ideal griego. El perfil maya -nariz aguileña, frente baja, párpados abultados y prominente labio borbónico, cráneo achatado verticalmente y alargado en lo horizontal- extraña al amante de lo clásico, entusiasma al modernista gourmand de deformaciones.

La savia antigua corre todavía en la mente, en las costumbres, y en los huesos mismos del indígena de hoy: en ChichénItzá, en el Templo de los Guerreros, un jeroglífico representa una mano manipulando la masa de maíz sobre la tabla de un metate. En las cercanías del antiguo templo, adentro de humildes chozas con paredes de caña y techos de palma, manos vivientes ejecutan a diario la misma tarea. Hoy como cuando se la pintaba en los códices, la mujer de una falda blanca, amplia y cuadrada, transformada, más allá de las indiscreciones de la anatomía artística, hacia las rígidas costumbres de la geometría.

El desorden exaltado de la selva, el misterio de los cenotes abandonados, todo ese pintoresco óptico del lejano país, son para el artista un pretexto para ahondar paisajes espirituales no menos complejos y misteriosos. En esto, el grabador se diferencia del turista, acercándose al punto de vista indígena, a la actitud del cazador de venados o de tigres, propiciando con ofrendas humeantes de copal efigies antiguas todavía temibles, aunque devoradas por una flora más implacable que una fauna.

El campesino cortando las animales hojas de maguey, nobles piernas encajadas en una armadura de trapos, el pescador cuyo perfil es modelado por herencias tan antiguas como el nacimiento del mismo mar, son acaso descendientes de la real estirpe de Xu, cuyo escudo fue el pájaro azul volando en un cielo cerúleo. Esas campesinas, lánguidamente remando en una chinampa, delante follajes cuyas raíces beben a lo hondo del oscuro río, tienen pensamientos enraizados igualmente profundo en una cultura tan grande y tan perdida como la del mismo Atlantis.

La técnica empleada es simbólica del proceso sutil por el cual el artista logró recibi repuestas a cuantas cuestiones se le había olvidado pedir. Esas litografías son ejecutadas en la manera negra de la cual Zalce es el gran maestro. Entintada la piedra al empezar, el dibujo es, después, raspado en claro. Hasta los blancos más deslumbrantes -montañas de sal cristalizada secándose al luminoso calor del mediodía, inmaculados huipiles reflejando un sol a su zenit- contienen algo de esta oscuridad inicial, la bastante para comprender que no es la intención del artista darnos una réplica del deslumbrante trópico ni sugerir por la gama de los grises la rica paleta de verdes, ocres y magentas de un país todo en tecnicolor, aunque sí lo logra hacer en passant.

 
 
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